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1838 – SE ORDENA QUE LAS CENIZAS DE ITURBIDE SEAN TRASLADADAS A LA CAPITAL.

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El presidente Anastacio Bustamante incitó al Congreso a emitir un decreto el 6 de agosto de ese año, ordenando la exhumación y el traslado de las cenizas de Iturbide desde el cementerio de Padilla, en Tamaulipas, hasta la capital, y las honras fúnebres a su paso por distintas poblaciones. En ese decreto se anunciaba que la ceremonia solemne sería en la catedral metropolitana el 27 de septiembre, y subrayaban que era ahí precisamente, porque era “el lugar que se había destinado para los héroes”.

La exhumación se llevó a cabo el 22 de agosto en presencia del gobernador de Tamaulipas, que había recibido no sólo la orden sino también las instrucciones precisas para encontrar la tumba. Éstas decían que estaba a la izquierda del cementerio, entrando por la plaza, justo enfrente de la puerta, y que el lugar estaba señalado. Asimismo recordaban que al empezar a cavar encontrarían “un cajón de hoja de lata que contenía los restos del general Terán” y que debajo “se hallarán en el centro los despojos del señor Iturbide”. Según el acta oficial que fue levantada, las señas fueron “exactas”, y procedieron a hacer al momento un “inventario formal de los restos”, que fueron “examinados y contados” para colocarlos en una urna de madera forrada de terciopelo negro con galones y franjas de oro que cerraron con llave. Después les cantaron un responso en la parroquia y se retiraron todos, no sin haber puesto una guardia a las cenizas de Iturbide, mientras las del general Manuel de Mier y Terán eran depositadas de nuevo en el mismo sitio en el que acompañaron a los del primero desde el 3 de julio de 1832, cuando decidió atravesarse con su espada -que acabó con su vida- postrado precisamente sobre la abandonada tumba de don Agustín.

ANÉCDOTA: Por el año de 1832 corría el rumor de que los restos de Iturbide habían sido exhumados de manera oculta y tal parece que, si bien esto sí se intentó, fueron puestos de nuevo en su lugar. En ese mismo año, Mier y Terán insistía también en exhumarlos y fue al cementerio de Padilla, donde encontró la tumba sin ningún nombre en su lápida y “cubierta de plúmbago”. Según su ayudante José María Díaz Noriega, el general Mier y Terán pensaba pagar lo que fuera necesario para depositar las cenizas en un mejor lugar, cuando sorpresivamente se encontró su cadáver sobre los plúmbagos, al que dio sepultura en la misma fosa. Contó el mismo Díaz Noriega en su versión escrita muchísimos años después, y que llamó “narración melancólica”, que él aprovechó el entierro para exhumar los huesos de Iturbide “para que fueran examinados por los cirujanos”. Es interesante que relatara también que ese momento fue aprovechado por algunos espectadores para tomar algunos restos, y aunque dijo que usó de la fuerza para que los regresaran, aceptó que se quedó con la bala que se extrajo del cráneo, que pensó ofrecer a José Ramón Pacheco, y con el segundo hueso metacarpiano de la mano derecha, que dio al general Manuel Reyes Veramendi. Por último, señaló que regresó los del libertador a la tumba y puso encima los de Mier y Terán.

Sobre el  traslado de los restos de Iturbide, una partida de tropa de San Luis Potosí fue la encargada de custodiarlos, en un viaje a la capital que se inició el 23 de agosto y que implicó recorrer “doscientas leguas” en unas andas que a su vez se pusieron sobre una mula habilitada con gualdrapas negras. Recibieron honores en Ciudad Victoria y de ahí salieron sin detenerse y sin que hubiera más honras fúnebres, si bien según la versión del oficial Francisco Molina, encargado de la conducción, en San Luis Potosí, Querétaro, San Juan del Río y Tula la gente de esos lugares manifestó su afecto al paso de las cenizas. Tardaron poco más de un mes en llegar a la villa de Guadalupe Hidalgo en donde fueron honradas en la colegiata el 25 de septiembre, día en que salieron a la ciudad de México. Fue notoria la presencia en la villa y en todo el camino de “la población de todas las clases” que, desde la calzada, las calles, los balcones, las ventanas y las azoteas, fue espectadora privilegiada. El padre guardián del convento de San Francisco recibió la caja que pasaría ahí otro mes, ya que no daba tiempo de hacer las honras, como estaba previsto, para el 27 de septiembre. Mientras, se preparó un presupuesto, un proyecto de ceremonial y se lavaron y desinfectaron los restos.

Tamaño: 33,5 x 21.5 cms

Documento facsímile, tomado fielmente de su original.

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Relacionado: Ceremonial para el traslado de los restos de Iturbide.