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Manifiesto al mundo

de

Agustín de Iturbide

ó sean apuntes para la historia.

(PALEOGRAFÍA)

 

1) La nación española, sin embargo de que cuando resonó en Iguala la voz de independencia había dado un ejemplo de cuánto debe apreciar un pueblo su libertad civil, condenó en los mexicanos lo mismo que ella aprueba como una gloria inmortal. Tal es el efecto de las pasiones humanas: conocemos el bien, lo apreciamos para nosotros y nos desagrada que los demás apetezcan también para sí cuando este apetecer se opone a nuestros intereses reales o aparentes.

(2) En Filadelfia, en La Habana y en algunos periódicos de Europa se ha hablado de mí pintándome con los más negros colores: cruel, ambicioso, interesado, son los rasgos más marcados de mi retrato.

(3) Servía en la clase de teniente del regimiento provincial de Valladolid, ciudad de mí nacimiento. Sabido es que los que militan en estos cuerpos no disfrutan sueldo alguno; yo tampoco lo disfrutaba. Ni la carrera militar era mi profesión. Cuidaba de mis bienes y vivía independiente sin que me inquietara el deseo de obtener empleos públicos que no necesitaba ni para subsistir ni para honrar mi nombre, pues la Providencia quiso darme un origen ilustre que jamás desmintieron mis ascendientes y hasta mi tiempo supieron todos mis deudos conservar el honor.

(4) Es hecho concertado por mis enemigos. Don Antonio Labarrieta, en su informe que dirigió contra mí al Virrey, dice que yo habría tenido uno de los principales lugares en aquella revolución, si hubiese querido tomar parte en ella. Bien sabía Labarrieta las propuestas que se me hicieron.

(5) En el Congreso de México se trató de erigir estatuas a los jefes de la insurrección y hacer honras fúnebres a sus cenizas. A estos mismos jefes había yo perseguido y volvería a perseguir si retrogradásemos a aquel tiempo, para que pueda decirse quién tiene razón, si el Congreso o yo. Es necesario no olvidar que la voz de la insurrección no significa independencia, libertad justa, ni era el objeto de reclamar los derechos de la nación, sino exterminar a todo europeo, destruir las posesiones, prostituirse, despreciar las leyes de la guerra, las de humanidad y hasta las de la religión. Las partes beligerantes se hicieron la guerra a muerte. El desorden precedía a las operaciones de americanos y europeos, pero es preciso confesar que los primeros fueron culpables, no sólo por los males que causaron sino porque dieron margen a los segundos para que practicasen las mismas atrocidades que veían en sus enemigos. Si tales hombres merecen estatuas, ¿qué se reserva para los que no se separaron de la senda de la virtud?

(6) Por notoriedad es conocida de los mexicanos esta proposición que se me hizo por los jefes de aquella insurrección desastrosa. Yo me hallaba en San Felipe del Obrage mandando un destacamento de treinta y seis hombres y a cuatro lenguas distantes de mí estaba la fuerza de Hidalgo, que ascendía a noventa mil hombres. Ningún auxilio esperaba y habría muerto en aquel punto -si no hubiera recibido orden del gobierno a que pertenecía para pasar a Toluca- antes que contribuir a la ruina de mi patria.

(7) Sólo fui rechazado y obligado a retirarme el año de 1815, que ataqué a Cóporo, punto militar inaccesible por la naturaleza en el lugar donde yo ataqué y bien fortificado. Servía yo entonces a las órdenes del general español Llanos; éste me previno que atacase. La delicadeza militar no me permitió oponer dificultad a una determinación de esta clase. Yo bien sabía que el éxito debía de ser contrario; ya marchando lo manifesté al general por medio de un oficio. Volvi como había calculado. Tuve sin embargo la suerte de salvar cuatro quintas partes de mi fuerza en cuya acción debí perderla toda.

(8) Dos vecinos de Querétaro, a quienes se agregaron después cinco casas de Guanajuato, de las que tres eran de tres hermanos y pueden reputarse como por una, representaron contra mí al Virrey. Varios eran los delitos de que me acusaban. No encontraron un testigo que depusiese a su favor, sin embargo de que mi renuncia de todo mando no tuvo otro objeto sino el que no se creyese que dejaba de hacerlo o por temor o por la esperanza de que les agradeciese el servicio. Las casas de la condesa viuda de Rul y Alamán dieron una prueba de que fueron sorprendidas y engañadas, abandonando la acusación. Los Virreyes Calleja y Apodaca conocieron de este negocio y después de informarse de los ayuntamientos, curas, jefes políticos, comandantes y jefes militares mejor reputados de las provincias y el ejército, que hicieron mi apología, declararon conforme al dictamen de su auditor y de dos ministros togados ser la acusación calumniosa en todas sus partes, quedarme expedita la acción de injuria contra los calumniantes y que volviese a desempeñar los mandos que obtenía. Ni quise mandar ni usé de mi derecho y renuncié el sueldo que disfrutaba.

(9) Un folletista ha dicho que es obra de una reunión de serviles que tenían sus juntas en la Profesa, edificio de la congregación de San Felipe en México. Cualquiera que haya leído el plan se convencerá por sólo su contexto que no pudo haber sido dictado por el servilismo. Prescindo de las ideas de aquellos a quienes se atribuye, son cosas en que ordinariamente el vulgo se equivoca, para mí son personas muy respetables por sus virtudes y saber. Este escrito llegará a sus manos y yo me atrevería a llamarlo mío porque tengo bastante delicadeza para no exponerme a ser desmentido. Después de extendido el plan que luego se llamó de Iguala, lo consulté con aquellas personas mejor reputadas de los diversos partidos, sin que de una sola dejase de merecer la aprobación. Ni recibió modificaciones, ni disimulaciones, ni aumentos.

(10) Todos los europeos que quisieron seguir la suerte del país conservaron los empleos que obtenían y fueron ascendidos sucesivamente a aquellos a que tenían derecho por sus servicios y méritos. Posteriormente fueron llamados a ocupar los primeros destinos y desempeñar las comisiones más importantes. En el Congreso, en el consejo de Estado, en las secretarías del despacho, en el ejército, en la cabeza de las provincias, había españoles en no poco número y los había a mi lado cuando yo ocupaba el trono. Los que no quisieron ser ciudadanos de México quedaron en plena libertad para trasladarse con sus familias y caudales a donde consideraran conveniente. A los empleados que lo solicitaron se les auxilió para el viaie a lo menos con la cuarta parte del sueldo que disfrutaban. A los militares se les pagó el transporte hasta La Habana. Y éstos y aun aquellos que después de establecido el gobierno y dada su palabra de no oponerse a él, intentaron trastornarlo de mano armada y fueron batidos y desarmados. Tal vez esta generosidad mía dio lugar a que se me creyese de acuerdo con los europeos expedicionarios, aunque no fuese más que por echar sobre mí la culpa de un atentado que deshonraba a sus jefes, que a ellos los envilecía y que les costó la afrenta de verse batidos y desarmados, presos y procesados. El resultado de la causa debió de serles fatal pero también obtuvieron indulto. Ni un solo español fue tratado mal mientras duró la guerra de independencia que yo dirigí. La muerte del coronel Concha fue resultado de un combarte singular.

(11) La naturaleza nada produce por saltos sino por grados intermedios. El mundo moral sigue las reglas del mundo físico. Querer pasar de un estado de abatimiento repentinamente cual es el de la servidumbre, de un estado de ignorancia como el que producen trescientos años sin libros, sin maestros, y siendo el saber un motivo de persecución; querer de repente y como por encanto adquirir ilustración, tener virtudes, olvidar preocupaciones, penetrarse de que no es acreedor a reclamar sus derechos el hombre que no cumple sus deberes, es un imposible que sólo cabe en la cabeza de un visionario. ¡Cuántas razones se podrían exponer contra la soñada República de los mexicanos y qué poco alcanzan los que comparan a lo que se llamó Nueva España con los Estados Unidos de América! Las desgracias y el tiempo darán a mis paisanos lo que les falta. Ojalá me equivoque.

(12) Si no han padecido extravío los archivos de las secretarias de Estado, deben encontrarse en los primeros representaciones de casi todas las provincias reclamando la nulidad de las elecciones de diputados. Los había tachados de conducta públicamente escandalosa, los había procesados con causa criminal, los había quebrados, autores de asonadas, militares capitulados que despreciando el derecho de la guerra y faltando a su palabra habían vuelto a tomar las armas contra la causa de la libertad y, batidos, habían capitulado dos veces, había frailes estando prohibido fuesen diputados aún religiosos. Se ofrecían también a probar los autores de las representaciones haberse faltado en las elecciones a las reglas prescritas en la convocatoria y no ser elegidos los que deseaba la mayoría sino los que habían sabido intrigar mejor. Estos expedientes fueron todos a mi secretaría siendo generalísimo almirante, desde donde los mandé pasar, ya emperador, a la de relaciones interiores para que se archivasen. No quise dirigirlos al Congreso porque en él estaban los que habían aprobado los poderes de la junta, lo que no era de esperar. Consideré en estos documentos un semillero de odios, causas, averiguaciones y pleitos. Se perdería el tiempo en nuevas elecciones pues las más debían rehacerse y lo que importaba más en mi concepto era constituirnos cuanto antes, y últimamente porque suponía que los defectos en que incurriese aquel Congreso se enmendarían por el que lo remplazase. Este modo de discernir que sería desatentado en cualquiera otra circunstancia, en aquélla tenía lugar porque se trataba de evitar males mayores.

13) Para dar una idea de los conocimientos políticos de algunos diputados baste citar el ejemplo de uno de ellos que, comprendido en la causa de conspiración de que se hablará después, quería que se le respetase como agente diplomático de la que llamaban República de San Salvador -que no era más que una parte de provincia del Reino de Guatemala en la insurrección- que se tranquilizó luego, persuadido de que no había incompatibilidad en ser diputado de un congreso y agente diplomático de una potencia extranjera ante la nación a quien representa aquél. Éste es un hecho que resulta de la sumaria formada que debe obrar en la primera secretaría de Estado.

(14) Don Lorenzo Zavala, diputado por la provincia de Mérida en Yucatán en aquélla ocasión y en otras opinó públicamente sobre la reforma del congreso y fue después de varios la escena, uno de los que mas murmuraron del gobierno.

(15) Aquí la de (…)

(16) Uno de los más empeñados en que yo concurriese a la sesión de aquel día fue el teniente general don Pedro Celestino Negrete, hoy miembro del poder ejecutivo. Este general había sido antes mi amigo, lo aparentaba entonces y continuó manifestándoseme tal casi hasta los últimos momentos de mi abdicación, a cuyo tiempo ya me dio a conocer que su trato nunca había sido sincero y que es de aquellos hombres que se pliegan con facilidad a las circunstancias. El amor propio suele hacernos creer que tenemos algún mérito para fijar la volubilidad de carácter de aquellos que habiendo sido malos amigos de otros, nos persuadimos de que podemos hacerlos buenos nuestros. Negrete había sido ingrato con el general Cruz, a quien debió obsequios y sus ascensos en la carrera militar, y no era difícil prever que haría conmigo lo que había hecho con su bienhechor.

(17) Hasta una tercera vez hablé al pueblo apoyando las razones en que fundaban su parecer los diputados que opinaron de esta manera, esforzando cuanto pude los principios en que se fundaba con tanto más calor cuanto era para mí grande el interés que tenía en que se siguiese su dictamen. Razones dichas con firmeza y hasta el ruego empleé para persuadir; todo fue en vano.

(18) Noventa y cuatro diputados asistieron a la sesión, dos se salieron sin votar, lo que no obsta para que sean contados a pesar de que sin ellos estaba completo el número requerido, como se verá después.

(19 ) El brigadier Santa Anna, coronel del Regimiento número 8 de Infantería, el primero que dio la voz de República en la plaza de Veracruz y uno de los que más han declamado contra mi exaltación al trono.

(20) Véase lo que dice el Congreso en su manifiesto del 21 de mayo.

(21) Si no tuvieron libertad el 19 de mayo, ¿la tendrían el 3 de abril cuando declararon nulos los actos de mi gobierno? No tardará en salir otro decreto de nulidad y otros mientras el Congreso sea el mismo. El 19 de mayo la votación fue secreta, el 2 de abril pública, en presencia de los jefes de la revolución y de muchos jóvenes militares que ya habían perdido la disciplina y el respeto a las autoridades. El 19 de mayo me pedían a mí que los sostuviese; así lo ofrecí en la misma sesión, así lo dije en mi proclama del mismo día, así lo manifesté siempre. Pruebas tenían de que se cumpliera mi palabra, ¿empero con quién contaban cuando extendieron el decreto de nulidad? Con ejército mandado por hombres que se resistieron a reconocerlos después de reinstalados y dijeron que se sometían sólo a sus decisiones si éstas eran contra mí. Así resulta de un acta formada en Puebla que corre en los papeles públicos.

(22) Por más que quieran decir que mi acompañamiento impuso al Congreso, los mismos que lo dicen están convencidos de que ni es ni puede ser cierto. Cuatro ayudantes y el comandante de mi escolta componían mi comitiva, hasta seis u ocho capitanes y subalternos. Vi además que se mezclaron entre el pueblo que estaba agolpado a la puerta del salón; éstos no iban conmigo ni eran más en aquel lugar que unos curiosos. Pero ni éstos ni aquéllos ni los militares ni los paisanos ni nadie dijo ni hizo cosa que pudiese parecer amenaza, ni imponer no ya a una reunión de hombres escogidos, pero ni aunque hubiesen ido eligiendo a los más débiles.

(23) Se trató de expresar en el acta por aclamación la declaración de la dinastía y no se expresó, porque alguno expuso que el punto había sido discutido; y esta circunstancia siempre impedía que se dijese haber sido por aclamación sin embargo de que ninguno había disentido.

(24) El brigadier Santa Anna, que tenía dispuesto proclamarse sin consultar al Congreso, ofreció y dio grados a los oficiales con quienes contaba, que yo desaprobé.

(25) copia del manifiesto

(26) copia del decreto

(27) Los que más me instaron a que arrestase a los diputados, los que entonces nada solicitaban sino que se les impusiese la pena capital, los que comunicaron las órdenes, los que las ejecutaron, son los que más han figurado en la última revolución y los que repentinamente se convirtieron en republicanos. Santa Anna, de palabra y por escrito, me importunó mil veces para que disolviese al Congreso ofreciéndose a ir en persona a echarlos del salón a bayonetazos. Echávarri arregló los lugares de detención, hizo por medio de oficiales de su cuerpo el arresto de varios diputados. Negrete algún tiempo antes me había dicho que era necesario resolver porque ya el Congreso era un obstáculo a la felicidad pública. Calvo sumarió y aprehendió al brigadier Parrés; y todos o casi todos ellos se apresuraron a felicitarme por el servicio importante que había hecho a la patria.

(28) Uno de los consejeros que aprobaron el parecer fiscal, fue el brigadier Bravo, hoy miembro del poder ejecutivo y uno de los primeros jefes de la última revolución, para la que alegan por pretexto, entre otros, la detención de los diputados.

(…)

(29) El diputado que no tenía otra subsistencia que las dietas, sin embargo de haberlos yo auxiliado de la tesorería general con calidad de reintegro con cantidades considerables, vivía lleno de escasez y de acreedores. (…) (…)

(30) Los poderes de los diputados estaban conforme a los artíuculos de la convocatoria…

(31) Este oficio lo entregó el presidente en mano propia al Brigadier Cortazar y entonces dio las gracias por haberle honrado con tal confesión.él fue el que cerro las puertas del edificio volviendo lleno de satisfacciones por haber desempeñado la causa en que le era tan grato. Y fue de los primeros pronunciados a la república=

Sigue la que comienza Don (…) Fernández

Rúbrica de Iturbide.

La nota marcada con la señal ( ) incluída aquí y le sigue la que comienza,, Este oficio lo entrego (…) y está marcada con el número 32.

Nota del editor: La siguiente parte del manuscrito no se conserva, pero se conoce el texto el cuál se transcribe a continuación:

(32)Los que tenían caudal propio u otra clase de rentas para subsistir no por eso se desdeñaban de recibir las dietas de sus respectivas provincias, cuando éstas pudieron contribuirles, y recibieron también las veces que se repartió el caudal de tesorería, dando pruebas de su poca generosidad y poco amor al bien común, ya sea de la sociedad en general, ya del cuerpo a que pertenecían.

(33) Trataban con desprecio el Plan de Iguala cuando no pudieron hacer otra cosa porque yo lo sostenía como la expresión de la voluntad del pueblo. Falté y ya no se contentaron con hablar sino que procedieron a anular una de sus bases fundamentales usando un sofisma: para anular el llamamiento de los Borbones, anulan la monarquía moderada, ¿qué conexión tiene uno con otra? En 8 de abril acordaron un decreto cuyo tenor es, a la letra, como se copia en el documento en que se dice: Que no subsiste el Plan de Iguala y Tratados de Córdoba en cuanto a la forma de gobierno y llamamiento que hace, quedando la Nación en plena libertad para constituirse. En efecto, ninguna fuerza tenían ya aquellos documentos con respecto a lo que anula el Congreso sobre el llamamiento de los Borbones. Empero su fuerza la perdieron no porque tal fuese la voluntad de la nación al conferir a los diputados sus poderes, sino porque el gobierno de Madrid no quiso ratificar el tratado firmado por O’Donojú, ni admitir el llamamiento que en ningún tiempo hubo derecho para obligar a la nación mexicana a sujetarse a ninguna ley ni tratado, sino por sí misma o por sus representantes, etc., pues aunque la proposición aisladamente es verdadera, es falsísima refiriéndose al Plan de Iguala y Tratados de Córdoba. Primero, porque uno y otro eran la expresión de la voluntad general de los mexicanos, como ya dijimos en el manifiesto; segundo, porque los poderes que se les confiaron y el fundamento estaban fundados en estos principios y apoyados en estas bases. Conforme el Plan de Iguala y Tratados de Córdoba se les dice por sus comitentes que constituyan el gobierno del Imperio bajo sus bases fundamentales. Si pues estas bases no estaban conforme a la que exije el derecho público de las naciones libres, ¿de dónde les vino a los diputados formar el Congreso y a éste las facultades de legislar? Muchos de los decretos de aquel cuerpo están dictados con tan poco discernimiento como éste. Pudieron decir muy bien que el llamamiento de los Borbones era nulo porque ellos no lo admitieron; pero decir que en esta parte es nulo el Plan de Iguala y Tratados de Córdoba es desatinar, y es tocar al extremo de la ignorancia o de la malicia añadir que no pudo ser obligada la nación a establecer como base la clase de gobierno que creía conveniente por los mismos que al Congreso lo hicieron Congreso. Si hubiese sabido lo necesario la mayoría y obrado con honradez y buena fe, habría respetado el Plan de Iguala como el origen de sus facultades y el cimiento del edificio.

(34) Este oficio lo entregó al presidente en mano propia el brigadier Cortázar, que entonces dio las gracias por habérsele honrado con tal comisión. Él fue el que cerró las puertas del edificio, volviendo lleno de satisfacciones por haber desempeñado encargo que le era tan grato, Y fue de los primeros pronunciados por la República.

(35) Don Félix Fernández era llamado y cuando tomó partido en la insurrección anterior adoptó voluntariamente el de Guadalupe Victoria. TIene la virtud de la constancia pues aunque con sus guerrillas no logró ventaja alguna a favor de la patria, no se presentó en solicitud de indulto. Se mantuvo errante por los montes con auxilio de pocos amigos suyos. El último gobierno de México, después de mi separación del mando supremo, le dio el título de general sin designarle grado y lo nombro el Congreso miembro del poder ejecutivo.

(36) Era Echávarri capitán de un cuerpo provincial, olvidado del Virrey y sepultado en uno de los peores territorios del Virreinato. En poco más de un año lo ascendía a mariscal de campo, caballero de número de la Orden Imperial de Guadalupe, mi edecán y capitán general de las provincias de Puebla, Veracruz y Oaxaca. Este español era de los que yo colmaba de beneficios y uno de los que destinaba a que formase el vinculo de la unión y fraternidad que siempre me propuse entre americanos y peninsulares, tan conveniente para ambas naciones.

(37) El Acta de Casa Mata no se verificó hasta el 2 de febrero. A principios de díciembre ya estaba concluida la convocatoria del nuevo congreso; de aquí se sigue que ni yo había pensado en reunir el poder legislativo, ni la reunión del cuerpo que debía ejercerla fue la verdadera razón de levantar el sitio de Veracruz y proceder a formar la expresada acta.

(38) La mejor prueba de que no me enriquecí es que yo no soy rico. No tengo ni lo que tenía cuando emprendí la independencia. No sólo no abusé de los caudales públicos pero ni aun tomé de tesorería las asignaciones que se me hicieron. La junta gubernativa mandó que se me entregara un millón de pesos de la extinguida inquisición y se me pusiese en posesión de veinte leguas cuadradas de tierras en las provincias internas. No tomé ni un real. El Congreso decretó que se me facilitase para mis gastos por la tesorería todo lo que pidiese y la junta instituyente me señaló millón y medio de pesos anuales. Nada percibí sino lo muy preciso para mi subsistencia en cantidades parciales que recibía mi administrador cada cuatro o seis días prefiriendo las necesidades públicas a las mías y las de mi familia. Otra prueba de que no es mi pasión el interés: cuando la junta instituyente me asignó el millón y medio de pesos destiné la tercera parte de este caudal para formar un banco que sirviese al fomento de la minería, ramo principal de industria en aquel país y que por las convulsiones pasadas se hallaba muy arruinada. Ya estaban escritos los reglamentos por hombres instruidos en los ramos comisionados al efecto. Ni enriquecí a mis parientes dándoles empleos lucrativos; a ninguno coloqué. Los que tenían algún destino dado por mí es porque correspondía en la escala de sus ascensos o porque se los proporcionó la revolución, según el estado en que se hallaba en los días de la variación del gobierno sin que hubiese sido mejor su suerte por mi elevación al trono. Un cuñado mío se hallaba de alcalde en Valladolid cuando los sucesos de Iguala; faltó el jefe político y la constitución lo llamaba a ejercer las funciones de este destino; continuó desempeñándolas hasta mi entrada en México que fue confirmado en él por la regencia como lo fueron el de Puebla, Querétaro y otros que ningún parentesco tenían conmigo.

(39) Se trabajaba en aquella actualidad sobre un préstamo de los ingleses. La negociación presentaba buen aspecto, pero su conclusión no podía tardar menos de cinco a seis meses y las necesidades eran del momento.

(40) He sabido vencer con cincuenta hombres a más de tres mil, con trescientos setenta a catorce mil. Jamás me retiré en campaña sino una sola vez que, como he dicho, fui mandado por otro. Y con sólo ochocientos hombres emprendí quitar al gobierno español el dominio en la América del Septentrión cuando él contaba con todos los recursos de un gobierno establecido, con todos los caudales, con once regimientos expedicionarios europeos, siete de veteranos y dieciséis provinciales del país que se consideraban como de línea, y setenta u ochenta mil patriotas o realistas que habían obrado con firmeza contra los secuaces del plan de Hidalgo, ¿y teniendo miedo habría incurrido en la necesidad de dejarme matar por no defenderme?

(41) De las tropas que existían a mi lado en Tacubaya llevé sólo dos hombres por compañía, para darles una prueba de mi gratitud y calmar el entusiasmo de los demás, que no encontraba medio de persuadirlos a que me dejasen marchar con la escolta designada.

(42) Siempre hablé con franqueza, sirva de prueba lo que dije al Congreso restablecido al separarme del imperio por conducto del ministro de Estado.

(43) Consecuente a la rectitud de mis principios no quise, como pude, ponerme a la cabeza de la revolución última. A ello me invitaron sus principales corifeos, entre quienes baste citar a Negrete, Cortázar y Vivanco. Si hubiera verificado lo que éste quería, conservando el mando supremo con un nombre o con otro, y si hubiera tenido ambición, retenido el mando el tiempo me habría dado mil ocasiones de ejercerlo a mi parecer, pero los negocios eran odiosos, pesado el cargo y finalmente era como ponerme a la cabeza de aquel partido.

 

 

 

Nota del editor: aquí continúa la paleografía del manuscrito.

Articulo 3º en el acta.- Concluido este artículo se le pondrá una llamada a la nota siguiente(). Los jefes y oficiales que contribuyeron a firmar esta acta murieron entre otros desatinos en el de amagar las facultades en la soberanía, entendida esta palabra en toda su estención; como quien concede una gracia bien a las provincias que tendrán la libre facultad de relegir a ciertos diputados que ya designan, y mandando como legislaron, previenen que se sustituyan otros a los diputados de quienes ellos mismos se han exigido (…) y sin niguna formalidad y sin ningunas facultades condenaron privándoles de los derechos de ciudadanía, porque esto significa no poder ser relegidos y reclamando que no habían correspondido debidamente a la confianza que en ellos se depositó. Si esto lo hubiera hecho uno o muchos que careciesen de fuerza habrían sido condenados a la pena capital, pero lo dijeron soldados que tenían las armas en la mano y su voluntad fue la ley; ahora bien, si la ley es la fuerza no veo la razón por la que se reclame tanto contra la tiranía, ni la encuentro ya que (…) lo sintieron liberales, ni menos ya que se llame libertador un ejercito que empieza por voluntad, la voluntad la voluntad publica. Conbengamos en que las pasiones siempre han sido las mismas y en que (como decía un filosofo) los listos y los (necios) se contienen unos con otros, como en los árboles es la semilla, en los acontecimientos actuales en México se ve sin demasiado perspicas cuál será el resultado antes de mucho tiempo.

 

Rúbrica de Agustín de Iturbide

 

 

13 de octubre de 1823

Excelentisimo señor

Muy señor mío y apreciable amigo tengo el honor de acompañar a este manuscrito el manifiesto que voy a dar impreso al pueblo: va el original en castellano y una traducción en italiano, me he dilatado más de lo que quisiera y pensé en cumplir la palabra que dí a vos de sumitirlo porque no tengo escribientes y se ha retardado el ponerlo en limpio, y después vertirlo al idioma del país. También ha exijido tiempo y lleva borronoes que ha sido necesario corregir: no se copia todo por no perder más tiempo. Vos disculpará esta confianza. Digo vivamente saber el juicio que vos forma de este merito, pues me será muy lisongero me diga la aprobación de los hombres sin (…) de fina critica e ideas exactas y dejo brillar en (…) (…) y le hacen entre otras tan recomendable. Hableme vos con la franqueza en la amistad no tengo la pretención de los literatos en el orgullo que puede atribuirse a los que tengan puestos semejantes al que yo dejé; mi objeto es solo sincerarme de las detracciones con las que se me calumniara y el desafecto de los que me son merecedores de otros sentimientos; amor a la humanidad, idolatría por mi patria, anhelo por el orden y deseos de desterrar de mi país la esclavitud y la ignorancia en la que yacia. Vea usted aquí todos los reportes de mis operaciones.

Dentro de pocos días tendré la satisfacción de saludar a vos personalmente, pues pienso ver esa capital, para entonces ya habrá usted leído este papel. Desde allí le mandaré a (Bardeos) para la prensa.

Mientras mi permanencia en esta, molestaré a vos en algunos momentos que si vos me permite emplearé en su estimable compañía.

Con el respeto de vos, con la debida consideración, afectuosamente amigo y servidor.

Que Besa Su Mano

Rúbrica Agustín de Iturbide

Su Excelencia Bunghest Ministro Plenipotenciario de su Británica cerca de la Corte de  Sor. Ministro de S. M. Británica. Florencia