banner-pareja-enojada-2

SOBRE LA NATURALEZA DE LAS PALABRAS Y DEL ENOJO

Mario Higuera

Me he dado cuenta que entre la gente que dice amar y decide hacer una vida en común, aunque según ellos se lleven bien existe un trato con mucha violencia, a veces en “micro dosis”, y otras en estallidos de ira incontenible. Es más común de lo que quizá uno quisiera reconocer.

Siempre que existe una emoción negativa se disipa nuestra energía, se aleja de nuestro centro debilitándonos. Y al estar débiles en nuestro interior nuestro comportamiento, nuestro proceder exterior, es errático y confuso.

Quienes hemos decidido seguir un camino consciente de trabajo interno tenemos la tarea diaria de estar muy alertas a estos estados negativos para que no nos dominen y conduzcan nuestra vida a estados alterados de consciencia.

No es fácil, pues el resto de nuestro entorno no parece cooperar nunca con este trabajo, de hecho, todo lo contrario: Es por esto que debemos estar aún más “alertas”.

Sin embargo he comprobado que cuando alguien persiste en un camino de mayor consciencia, tarde o temprano, en mayor o menor medida su entorno empieza a funcionar de acuerdo con esta energía que está generando.

Hay manifestaciones de violencia que son más evidentes que otras, pero siempre constantes, pues es como nuestra sociedad está estructurada y pensamos que es natural vivir así. Hay que darnos cuenta de que el hecho que sea común no lo hace natural.

Hay muchos modos en los que permitimos a esta violencia dominar nuestra vida. Uno muy común es el uso de las “malas palabras”, las groserías, estas contienen una carga energética muy fuerte que nos van debilitando conforme nos apegamos a su uso.

Hay personas que piensan que ser mal habladas las hace “simpáticas” y así se sienten aceptadas en sus respectivos círculos. Lo malo es que se crea un hábito de forma de expresar lo que llevamos dentro con una frecuencia vibratoria muy baja, y como consecuencia todo lo que expresemos vibrará así, en una frecuencia de superficialidad.

Me asombra la forma con la que “grandes amigos”, parejas y hasta familiares se hablan entre sí: la facilidad con la que intercambian groserías: “Le digo güey o pendeja pero de cariño”.

Los insultos por muy sutiles que sean, son solo eso: insultos. debemos modificar la forma de expresar lo que hay dentro de nosotros; salirnos de esa línea de comportamiento generalizada que a cualquier plazo ensucia y corroe nuestras relaciones.

Además de traer cargando un sin número de traumas, resentimientos y miedos bastante dañinos, los adornamos expresándolos con un lenguaje bajo e hiriente, y tenemos la expectativa irracional que el resultado va a ser positivo.

Sabemos de sobra, por experiencia propia, que la fuerza de la palabra es muy grande, que esta echa raíces muy profundas y que después resulta muy difícil , si no es que imposible eliminar.

La palabra se supone que sirve para comunicarnos y entendernos, sin embargo, un gran número de personas se confunde y cada quien recibe y entiende lo que su limitado crecimiento le permite.

Quizás estoy exagerando, y para la forma de vivir de la mayoría de la gente es muy normal vomitarse unos encima de otros y después seguir muy felices como si nada. Recuerdo que una vez alguien me dijo que las peleas eran muy buenas porque en la reconciliación se conseguían grandes cosas: a veces unas flores, otras sexo, un viaje, un perfume, y si la bronca fue grande hasta alguna ¡joyita! Eso sin tomar en cuenta la temporal sumisión recíproca de uno al reclamo del otro hasta que todo retorna “a la normalidad” y se repite el ciclo.

¡Yo en verdad no entiendo esa forma de vivir!

Quien no cultiva una forma amorosa y limpia desde el corazón para comunicarse con los demás está condenado a vivir inmerso en una violencia constante. La gente piensa que la violencia verbal y los insultos son naturales en toda relación y que hasta son buenos porque ayudan a descargar la presión.

Hay quienes se sorprenden que les falten al respeto cuando ellos son los primeros en faltar; se asombran cuando sus hijos se expresan vulgarmente sin darse cuenta que son ellos mismos quienes les han enseñado. Piensan que “los buenos modales” son para lucirlos en público pero en privado ni los conocen, y esto hablando de los más afortunados.

Una de las formas más comunes en las que descargamos nuestra basura interior es a través del enojo. Es la perfecta justificación para violentar una relación.

La frustración que ya no nos cabe y que nos resulta demasiado pesada, es el origen de las peleas, entonces la convertimos en enojo y la descargamos sobre quien tengamos enfrente. Queremos respuestas, pero no cualquiera, queremos la que nos satisfaga, la que vaya de acuerdo a lo que queremos oír, la que nos de placer y conveniencia. La que nos regrese ese poder que nos gusta tener sobre las situaciones y que al no conseguirlo nos hace caer en estados de violencia que expresamos muchas veces a través de la palabra en sus vibraciones más bajas.

Tenemos que darnos cuenta de que el enojo, lejos de hacernos fuertes, nos debilita al igual que cualquier otra emoción negativa y genera una infelicidad que se expande.

El enojo contamina y contagia a todos, nos aleja de la posibilidad de sentir el amor del que estamos hechos y del que se supone están hechas nuestras relaciones. Nos ciega, nos hace desconfiados y aislados. Nos hace sentir que el uso de la fuerza violenta es necesaria para poder expresar lo que sentimos.

Cuando la gente es atrapada por esta emoción necesita lastimar a como de lugar a la persona sobre la que descarga su ira. Sólo así se siente satisfecho el ego, lastimando; causando dolor para que la otra persona sienta en carne propia su sufrimiento.

Los seres humanos, además de funcionar a través de las emociones, hemos sido dotados de consciencia y debemos aprender a usarla para refinar las emociones.

En apariencia es más cómodo y fácil vivir en lo vulgar, pero vale la pena trabajar en nosotros mismos quitando aquello que nos hace ásperos e informes. Vale la pena hacer de nosotros mismos, con trabajo personal, una obra más refinada, más sutil, más amorosa, más luminosa. Como el carbón que en su estado primario recibe la luz como cualquier objeto sólido pero una vez pulido y cortado le permite a la luz penetrar en él y mostrar su verdadera belleza.

Estamos trabajando para salirnos de ese nivel de vibración común y corriente. Nuestro trabajo está enfocado en hacer crecer esa Luz divina que habita en nuestro corazón.

Nosotros quiero pensar en plural queremos tener una consciencia superior porque tenemos fe en que podemos hoy mismo transformar nuestro entorno y vivir en un estado de amor. Una vida más refinada, menos vulgar.

Venimos a este mundo a aprender, crecer y compartir, y nadie puede dar lo que no tiene, lo que no ha cultivado en sí mismo. Crecer no es hacerse viejo cumpliendo años o peinando canas. Esa es la oxidación natural del mundo de la materia.

Como este mundo maravilloso es tan atractivo nos distrae y perdemos de vista las cosas más importantes.

Nosotros, que somos un poco más conscientes, sabemos que la forma verdadera de gozar este mundo es a través de nuestro crecimiento interior con un corazón abierto, pero un corazón solo se abre cuando está libre de ataduras egóicas, de miedos, ira, rencores y complejos.

Tú que estas avanzando paso a paso en este camino de consciencia y que no siempre es fácil como lo estás comprobando, no te desanimes, se fuerte, se valiente y amorosa contigo misma. No te juzgues con rudeza cuando te equivoques, es parte de este crecimiento.

Solo mantente despierta, procura salirte cada día un poco más de ese sueño en el que la mayoría está inmerso y cuídate de no caer en la trampa de que es mejor permanecer dormido.

Solo alguien despierto puede despertar a los demás.

Mario Higuera

Te recomendamos leer: Del enamoramiento al amor.